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ENTREVISTA

Entrevistamos a Mariano Fernández Enguita
Catedrático de Sociología de la Universidad de Salamanca

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA es catedrático de Sociología en la Universidad de Salamanca y autor de libros como La cara oculta de la escuela, Educación y trabajo en el capitalismo, ¿es pública, la escuela pública?,La profesión docente y la comunidad escolar o Alumnos y gitanos en la escuela paya. Entre otras facetas de la enseñanza, ha investigado las repercusiones de la jornada continua en los centros escolares.

- ¿Por qué en el sector se tiene la sensación de carecer de un reconocimiento social?

Es una falacia afirmar que la profesión no goza de reconocimiento colectivo, como lo muestran diversas consultas de opinión, entre ellas el penúltimo barómetro del CIS. Pero es una verdad como la copa de un pino que no existe ningún ocasi ningún reconocimiento individual, que da igual hacerlo bien que hacerlo mal e incluso, a menudo, hacer algo que no hacer nada. Esto es lo que verdaderamente desmoraliza (la moral, entendida en este sentido, es un estado de ánimo individual), pero, como es lógico, ningún claustro va a votar una resolución diciendo que hay que separar el trigo de la cizaña. Esto es también lo que quieren decir muchos educadores cuando afirman que su labor es “puramente vocacional”, algo que podría entenderse así: si quiero, lo hago, y hasta lo hago bien; si no quiero, no lo hago o lo hago mal; y si lo hago y lo hago bien es porque quiero, o sea, porque personalmente me satisface, ya que no voy a obtener ningún reconocimiento externo y hasta puede que obtenga lo contrario. Machado, con buen criterio, hizo decir a Juan de Mairena: “Entre hacer las cosas bien y hacer las cosas mal está la posibilidad de no hacerlas; por eso los malhechores deben ir a la cárcel.” El que no crea en la enseñanza, que se vaya. Para quien se quede, debe haber reconocimiento e incentivos al trabajo hecho y bien hecho y rechazo y sanciones para el mal hecho o evitado.

-  ¿Cómo podría articularse  la promoción profesional de los docentes sin necesidad de cambiar de puesto de trabajo?

Sin olvidarlos, hay que relativizar los incentivos tradicionales: dinero y ascensos. El dinero es importante, pero no sólo de pan vive el hombre, el profesorado no está mal en general y la nómina global es muy voluminosa y, por tanto onerosa. Los ascensos están bien, pero los centros son organizaciones muy pequeñas (si nos atenemos a su personal operativo, los trabajadores) y mayoritariamente profesionales (los otros trabajadores son residuales), al contrario que en la empresa típica, que puede ser mucho más grande pero con un núcleo técnico-profesional-directivo proporcionalmente más pequeño). Se me antoja que quedan dos grandes capítulos que explorar.

El primero es el simple reconocimiento simbólico: menciones, distinciones, agradecimientos, homenajes, medallas… me da igual. En mi actividad profesional e investigadora he tratado a muchos profesores, lo mismo que entre mis amigos o en mi familia, y les he visto mostrarme con entusiasmo un pequeño regalo con una dedicatoria de sus alumnos o comentar con satisfacción una carta de gratitud o un encuentro emotivo con un antiguo pupilo, pero nunca una nómina.

El segundo es el de la promoción puramente profesional —que no debe confundirse con la jerárquica—, por ejemplo a través del acceso preferente a ciertas actividades formativas de especial valor, la cooptación para participar en proyectos de mejora o innovación, el reconocimiento como consultores expertos para los asuntos en que se hayan mostrado especialmente competentes, la concesión de periodos sabáticos, etc.
 
 
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