
Miguel Ángel Santos Guerra
|
|
¿Cómo ve el traído y llevado tema de la violencia en las escuelas?
La mayoría de las personas, cuando escucha la expresión "violencia en la escuela", piensa en la problemática surgida de las actuaciones indisciplinadas y agresivas de los alumnos y alumnas, preferentemente respecto al profesorado. Casi nadie piensa en la violencia entre los profesorado, entre la familias y las escuelas y, sobre todo, en la violencia estructural, en la agresividad que está instalada en el hecho mismo de la obligatoriedad de acudir a ella, de las concepciones jerárquicas que la presiden, de las imposiciones arbitrarias, de las finalidades abusivas... Todavía tengo en la retina las impresionantes escenas de la película de la directora irlandesa Aisling Walsh titulada "Song of the Raggy boy" (2004), estrenada en España con el título "Los niños de San Judas".
Cuando leemos ahora en las obras que reflejan la etapa de la educación franquista ("El florido pensil" de Andrés Sopeña, "Al paso alegre de la paz" y "Gris marengo", de Luis Otero o la más reciente "El árbol del bien y del mal" de José Manuel Esteve) cómo eran los métodos formativos (¿?) de la dictadura nos escandalizamos y nos indignamos por su brutalidad y por su injusticia. La carga de violencia era no sólo grande sino especialmente dañina ya que afectaba a los cuerpos y al espíritu de las personas. Pegar palmetazos en las yemas de los dedos agrupados hacia arriba no es sólo un castigo físico indecente, es, además, una humillación perversa porque se hacía creer a las personas que esos castigos eran merecidos y, por consiguiente, justos.
|
¿Cómo se puede comprender el fenómeno de manera rigurosa y clarificadora?
Los problemas complejos no pueden resolverse con análisis y soluciones simplistas. Conviene fijar las dimensiones y la naturaleza del problema de la convivencia en las escuelas. Hay que definir qué vamos a entender por respeto mutuo y vamos a comprobar si se guarda ese respeto por parte de todos. Yo digo que, especialmente, por parte de los profesores y profesoras. Porque no hay forma más bella y poderosa de autoridad que el ejemplo. También de los alumnos entre sí y, claro está, de los alumnos respecto al profesorado. Digo que es preciso fijar las dimensiones y la naturaleza del problema porque, a veces, un hecho aislado se airea en la prensa y se convierte en tema obsesivo de conversación y en contenido obligado de tertulias, artículos y programas. Si un hecho sirve para hacer el diagnóstico, ¿no podríamos tomar como punto de partida otro de carácter positivo? Además, cuando sucede un hecho espectacularmente grave, suele ser utilizado por el gremio agredido. Si un alumno ha acuchillado o golpeado con un martillo a un profesor, salen a la calle los docentes para pedir que se garantice el respecto a los profesores. ¿Qué es lo que realmente se pide? Mano dura, vigilancia extrema, medidas de sanción "eficaces", entendiendo que serán más eficaces cuanto más severas. Lo cual está por demostrar. Si ha sido un profesor el que ha dado un bofetón a un alumno, se manifiestan los padres y los hijos pidiendo severidad para el infractor.
De esta manera se capitaliza el problema de la violencia demandando dureza en las sanciones. Pocas veces se hacen análisis rigurosos sobre lo que ha sucedido, sobre sus causas y sus soluciones. Pocas veces, cuando se adopta una solución, se estudian los efectos que ha producido. Como si éstos llegasen de forma inexorable según las intenciones y los plazos previstos por la autoridad competente. Lo que sucede realmente es que, a veces, no sólo no se producen los efectos deseados sino que aparecen efectos secundarios negativos que agravan el problema.
¿Que hacer, pues?
En primer lugar, hay que describir con rigor lo que sucede. ¿Qué pasa realmente? Lo que para algunos es una grave indisciplina, puede ser para otros el ejercicio de un derecho fundamental. Cuando un alumno dice con claridad y crudeza lo que piensa de un profesor o de la institución no está, quizás, sublevándose, está ejercitando el derecho de expresión y el deber de la crítica.
En segundo lugar, hay que analizar con rigor cuáles son las causas de ese problema. Los conflictos entre personas no suelen tener una causa única. Son complejos, tienen historia y contexto. Tienen manifestaciones múltiples y consecuencias imprevisibles. Cuando no se analiza con rigor un problema es fácil que las soluciones sean ineficaces o contraproducentes. Si se piensa que falta de disciplina se debe a una vigilancia suave, ¿se podrá solucionar -como en algún centro se hace- contratando guardias para los patios y pasillos? ¿Qué pasará cuando no tengan vigilancia? ¿Así se educa en la libertad, el respeto y la responsabilidad? Si se dice, por ejemplo, que el problema de la disciplina es que ahora falta mano dura, la solución consistirá en instaurar un régimen de amenazas y de castigos severos. Si la raíz del problema es la falta de afecto, ¿se podrá solucionar con castigos de dureza extrema? Si la causa de la indisciplina es el talante autoritario de la dirección, ¿se solucionará el problema intensificando la naturaleza y duración de los castigos?
Esto me recuerda la anécdota sobre unos funcionarios de prisiones a quienes se advirtió de que castigar a los presos sólo conseguiría aumentar los estallidos de violencia. Tras una cuidadosa reflexión, los carceleros llegaron a la conclusión de que la solución al problema consistía en "castigar los estallidos de violencia" (Rifkin, 1990).
En tercer lugar, hay que aplicar las soluciones pertinentes teniendo en cuenta que no hay dos situaciones iguales ni dos personas o grupos iguales. Todos los casos son únicos. La solución ha de aplicarse a las raíces, no meramente a la desaparición de los síntomas. Si conseguimos muestras externas de disciplina pero aumentamos el rencor y el odio al que la impone por la fuerza, ¿no estamos aplazando y agravando el problema? Si alcanzamos el orden por la fuerza, ¿estamos educando para la convivencia y el respeto?
En cuarto lugar, es preciso observar y analizar la evolución de las soluciones. ¿Mejora la situación? ¿En qué tiempos? ¿A qué costa? ¿Con qué efectos secundarios? A veces, se espera o se pretende que las soluciones surtan un efecto radical e inmediato y no se tiene en cuenta que los procesos tienen un curso lento y fluctuante. Las soluciones no avanzan como las flechas.
|