La asignatura pendiente que nos permitirá poner fin a esta lacra social es el gran cambio cultural que se precisa para modificar comportamientos y las formas de actuación. Es verdad que las soluciones son complejas debido a la profundidad de las causas que laten en la historia y en la cultura. En mi opinión la pata más importante de la Ley Integral son las medidas que se contemplan en el ámbito educativo y de la prevención.
– ¿Cómo se concretará la faceta educativa
de la Ley Integral?
– He observado que está siendo muy difícil introducir en los planes específicos de estudio y de formación los cambios que exige la Ley, sobre todo en material de igualdad, aprendizaje contra la violencia, etc. La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía es la llave que en este primer nivel educativo nos posibilitará que se estudien conceptos que parece que tienen que ser obvios pero que precisan de formación puesto que ni las televisiones ni en muchos casos el contexto familiar ayuda a que los niños se impregnen de valores de igualdad.
Será fundamental introducir en esta asignatura dos cuestiones básicas: todo lo relacionado con los valores de la igualdad y la resolución pacífica de los conflictos familiares, que siempre los habrá porque los seres humanos somos complejos de forma individual, por lo que es inevitable que haya disputas entre las parejas de novios, en los matrimonios o en las uniones de hecho.
– ¿Qué opina del tratamiento que están dando los medios de comunicación a las informaciones sobre los casos de violencia doméstica?
– Es de justicia que reconozca la importante contribución de los medios de comunicación al arrancar del silencio un problema que ya teníamos en España y que es universal, pero que aquí estaba muy silenciado. Gracias a las asociaciones de mujeres en su lucha por la igualdad y contra la violencia de género y gracias también a los medios de comunicación hemos podido salir de este silencio. Se aprecia una enorme diferencia entre los medios rigurosos y los programas de televisión reality shows, que hacen de los sentimientos y de las cuestiones privadas, de las relaciones de pareja y familiares, un espectáculo público con el fin último de ganar dinero y guiados por intereses exclusivamente mercantilistas. Como en democracia no se pueden censurar ni prohibir estos programas, al menos debería darse un paso que vaya más allá de lo que son los códigos de autorregulación, que están sirviendo para los medios de comunicación serios pero que están siendo vulnerados por los reality shows.